La matanza del cerdo, una tradición que alimentaba a las familias menorquinas durante el invierno

La matanza del cerdo, una tradición que alimentaba a las familias menorquinas durante el invierno

Bep Al·lès/Ciutadella - Durante la primera mitad del siglo XX, la matanza del cerdo constituía uno de los acontecimientos más importantes del calendario rural menorquín. No era únicamente una celebración familiar, sino una necesidad alimentaria y económica que permitía asegurar las provisiones de carne y embutidos durante los meses de invierno y buena parte del año. En las fincas rurales de Menorca, esta jornada reunía a familiares, trabajadores del campo, vecinos y amigos, que compartían trabajo, comida y fiesta.

La fotografía que acompaña este artículo constituye un testimonio de aquella Menorca campesina. Delante de las casas de una finca rural, la familia y los trabajadores aparecen reunidos alrededor del cerdo recién sacrificado, colocado sobre una mesa de madera. Hombres, mujeres y niños participaban en una jornada en la que cada uno tenía una tarea asignada, según la edad, la experiencia y las costumbres de la época.

El cerdo se había engordado durante meses, aprovechando los recursos disponibles en la explotación agrícola. Su matanza representaba una garantía de subsistencia en tiempos en los que no existían los frigoríficos domésticos y la conservación de los alimentos dependía de la sal, el secado y las preparaciones tradicionales.

Del animal se aprovechaba prácticamente todo. Las carnes servían para elaborar sobrasadas, carn-i-xulla, cuixots, botifarrons blancos y negros, mientras que otras piezas se conservaban saladas o en recipientes con aceite o manteca. Los huesos también se aprovechaban para enriquecer los guisos familiares.

Uno de los detalles más interesantes de la fotografía es la presencia de los niños con naranjas amargas en las manos. Estos frutos, hoy prácticamente desaparecidos de los rituales de matanza, se utilizaban para lavar y frotar los estómagos e intestinos del cerdo, destinados posteriormente a contener los embutidos. La acidez de las naranjas ayudaba a eliminar impurezas y malos olores, en una práctica transmitida durante generaciones.

En Ciutadella, las naranjas amargas se recogían, entre otros lugares, en los huertos del Pla de Sant Joan. Una vez extraídas las vísceras, era costumbre trasladar los estómagos e intestinos hasta las aguas del puerto, donde se procedía a lavarlos. Esta actividad, hoy desaparecida por razones sanitarias, formaba parte del universo cotidiano de las matanzas del cerdo.

Las antiguas crónicas de Josep Cavaller Piris recuerdan precisamente estos desplazamientos hasta el Moll Nou, acompañados de canciones populares que hacían referencia a los estómagos e intestinos y a las naranjas necesarias para limpiarlos.

El trabajo continuaba durante toda la jornada, con las calderas hirviendo, las máquinas de picar carne en funcionamiento y las manos expertas rellenando los intestinos. Llegado el momento, los embutidos se colgaban en los desvanes, buscando las condiciones adecuadas para conservarlos.

Las matanzas del cerdo también eran una expresión de convivencia. El arròs amarillo, los crespellets y los pudins de boniato formaban parte de las comidas compartidas.

Hoy, fotografías como esta nos permiten recuperar la memoria de una sociedad que sabía aprovechar sus recursos, transmitir conocimientos entre generaciones y convertir una necesidad alimentaria en una celebración colectiva.

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