Foodies on Menorca
Foto: Bep Al·lès©
Bep Al·lès/Ciutadella - Hay frutas que llegan cada año con una estación y otras que, además, llevan asociados un aroma, un recuerdo y una antigua manera de vivir. El membrillo es una de ellas. Durante generaciones, cuando llegaba el mes de octubre, los membrilleros de los patios, huertos y fincas rurales menorquinas comenzaban a ofrecer una fruta áspera en crudo, pero extraordinariamente aromática cuando se cocinaba.
En Menorca se han conocido tradicionalmente el codony y la codonya. El primero suele producir frutos de tamaño mediano, irregulares y con arrugas más marcadas; la codonya, en cambio, produce frutos más grandes, lisos y fáciles de pelar. Una vez recogidos, pueden conservarse durante semanas, lo que antiguamente permitía aprovecharlos progresivamente a lo largo del otoño.
Pero si hay una elaboración que identifica al membrillo en nuestra cocina es el dulce de membrillo, conocido como codonyat. Octubre era tiempo de hacer provisiones y guardarlas en la despensa para los meses siguientes. Aquel dulce de membrillo serviría después para rellenar los pastissets menorquines y el antiguo pastís de conserva, pero también llegaría a las mesas de Navidad, Año Nuevo y Sant Antoni, e incluso formaría parte de los panellets o del cuscussó.
El dulce de membrillo tenía, sin embargo, una presencia mucho más cotidiana. Una rebanada de pan, un trozo de queso curado de Menorca y una porción de dulce de membrillo o de figat constituían una merienda sencilla y energética, tanto en el campo como en los pueblos. Una combinación que hoy sigue teniendo todo el sentido porque el dulzor del membrillo contrasta perfectamente con el toque salado e intenso de los quesos curados.
También se elaboraban jaleas y mermeladas, algunas veces combinando el membrillo con manzana, otra muestra de cómo la cocina doméstica sabía aprovechar cada cosecha. Estas preparaciones, guardadas en tarros, ayudaban a conservar la fruta y a dar variedad a las meriendas y los postres.
Foto: Pau Gener TorresEl membrillo también se cocinaba directamente al horno. Partido por la mitad, sin el corazón, con un poco de azúcar y canela, necesitaba una cocción lenta que llenaba la cocina de un aroma profundo y dulce. Otra preparación antigua consistía en terminarlo con moscatel o vino dulce, obteniendo un postre humilde, sencillo y muy aromático.
Más allá de los postres, el membrillo también nos habla de una cocina basada en la conservación y el aprovechamiento. Preparar dulce de membrillo permitía conservar durante meses una fruta de temporada y disponer de un relleno para dulces y elaboraciones festivas. Era una manera práctica de organizar la despensa y, al mismo tiempo, de mantener los sabores del otoño cuando ya habían llegado los días fríos.
Hoy el membrillo ha perdido buena parte de la presencia que tenía en nuestras despensas. Recuperarlo, sin embargo, es volver a una cocina estacional, de aprovechamiento y sin prisas. Es recordar aquellos días de otoño en los que una olla de dulce de membrillo o una bandeja en el horno bastaban para perfumar toda la casa y anunciar que el invierno ya no estaba muy lejos.