Cocas, frío y vida otoñal

Cocas, frío y vida otoñal

Ya desvanecida de la memoria de muchos, aquella que en tiempos antiguos había sido una suculenta golosina infantil, la coca con almendras, desapareció definitivamente hace años, víctima de nuestro paladar displicente y acostumbrado a sabores importados, ajenos a lo genuinamente isleño. Por ello no nos aventuraremos a fijar la época del año en que se acostumbraba a amasarla y cocerla, después de adornarla con almendras colocadas de pie, incomprensiblemente con cáscara y todo.

Aparte de esta, y siguiendo la pauta marcada por las distintas épocas del año, la redonda coca, que circula continuamente por la mesa menorquina como satisfactoria solución para las meriendas de los niños y para las cenas frugales acompañadas de café con leche, admite los complementos más diversos y sorprendentes, desde los sabores más dulces hasta los más salados, con pimiento o bien condimentadas con ajo.

Así, cuando llega San Juan, aparecen las cocas con albaricoques, seguidas de las de ciruelas, también azucaradas, que por aquellos días se comen junto al mar, al atardecer. Después, en plena abundancia veraniega de verduras y hortalizas, llega la suculenta coca con pimientos, así como la de sofrito y la de tomates.

Ahora, cuando los frutos de la huerta ya se han terminado, en los característicos cubos de madera aparecen en las tiendas de comestibles las conservas en salazón que permiten elaborar la sabrosa coca con sardinas saladas, tan buscada en la despensa familiar.

Y si en aquellos característicos recipientes abundan las sardinas, las llamadas pinxes conservadas en salazón, tampoco quedan atrás las vigas del techo del establecimiento, de donde cuelgan los bacalaos curados, de olor fuerte y penetrante, un producto del mar providencial en esta época de transición, que permite sustituir las pequeñas cocas o tortitas más modestas de la economía doméstica por las apreciadas tortitas de bacalao.

No diremos todavía que el frío haya despertado y saltado de su lecho helado para recorrer las calles, pero sí que, durante las noches y a primera hora de la mañana, un airecillo seco, algo más que fresco, nos aconseja volver a familiarizarnos con la americana y nos hace hundir las manos en los bolsillos durante los cortos paseos matinales hasta Es Mirador, camino del trabajo.

Estos soplos fríos son los mismos que han barrido las reuniones familiares al fresco, sobre las aceras, y han suprimido de manera imperativa el paseo dominical del atardecer por la plaza des Born, obligando a trasladarlo bajo los soportales de Ses Voltes.

La familia ya no sale a tomar el fresco a la calle después de cenar, sino que se reúne en la pequeña sala de estar para escuchar cómo la radio desgrana las emisiones de discos dedicados, mientras el padre lee el periódico y la madre zurce medias o hace labores.

Es entonces cuando se recuerdan aquellas verdades que Jerome K. Jerome señala en su novela Tres hombres en una barca, por no mencionar al perro. En realidad, el vademécum de la auténtica felicidad en este mundo estaría formado por «un hogar; alguien que te quiera y a quien querer; un perro; un gato; un libro y una pipa».

La pipa desprende un humo dulce y espeso. El gato se ha acurrucado junto al fuego, y el perro dormita, en un sueño ligero e inocente, a nuestros pies.

Josep Al·lès Quintana, octubre de 1951

  • Publicitat
    Ràdio Far Menorca
  • Publicidad
    El Iris