Foodies on Menorca
Bep Al·lès/Ciutadella – “Después de haberos limpiado los labios del jugo de la Caldereta —nos dice Ortiz—, empiezo a poner la mesa y a sacar los platos siguientes”. Así indica cuáles serán los capítulos de su ensayo, redactado según el autor “un día de mucho calor del año 1895” en el que “ha sido imposible hacer un plato de langosta porque en Fornells, con el calor, se mueren”.
Este fragmento es más valioso de lo que puede parecer, porque Fernando Ortiz se refiere al “jugo de la Caldereta”. La frase, aparentemente anecdótica e insertada dentro de una metáfora literaria, adquiere una trascendencia extraordinaria. Porque documenta el uso de la palabra caldereta en el año 1895, y lo hace en un contexto claramente gastronómico. Este detalle ayuda a desmontar la teoría, repetida durante años, según la cual el término habría sido una incorporación tardía, popularizada solo en los años sesenta o setenta con la expansión turística y la proyección comercial de la caldera de langosta reconvertida en “caldereta de langosta”.
La fuerza de esta mención es doble. Por un lado, confirma que la palabra existía y circulaba en el imaginario menorquín mucho antes del turismo moderno. Por otro, muestra que el término ya tenía suficiente entidad para que el lector de la época lo reconociera sin necesidad de explicaciones. Es decir, no era una invención sobrevenida, sino una expresión arraigada, viva y comprensible dentro de la cultura popular. Y eso, en historia gastronómica, es fundamental: los platos no solo existen porque se cocinan, sino también porque se nombran, se escriben y se transmiten.
Todavía hay otro elemento especialmente revelador. Ortiz relaciona Fornells, la langosta y la caldereta, dejando entrever que ya a finales del siglo XIX este vínculo era conocido y significativo. La mención no solo refuerza la antigüedad del plato, sino también su geografía emocional: Fornells aparece ya como un espacio de referencia dentro del imaginario culinario menorquín. Además, el texto convive con otras alusiones al oliaigua, las formatjades o las porquejades, lo que sitúa la caldereta dentro de un universo gastronómico coherente, profundamente insular y popular.
Encontrar caldereta en un escrito de 1895 es, en definitiva, mucho más que rescatar una palabra. Es recuperar una prueba que ayuda a defender la autenticidad de un patrimonio culinario a menudo simplificado por la postal turística. Es recordar que la gastronomía menorquina tiene raíces profundas, matices y memoria escrita. Y es entender que, a veces, una palabra encontrada a tiempo puede ser tan reveladora como la mejor de las recetas.
Principio y postres (entrante y postres), o lo que sería un menú completo, nos invita a realizar una segunda lectura, a adentrarnos en la Ciutadella de finales del siglo XIX vista con los ojos de un adolescente. Un joven y no una persona mayor, que vive y relata la Ciutadella de finales de siglo, del XIX, con hechos tan cotidianos como podía ser un baño en sa Platja Gran, una salida a pescar y permanecer en Cala en Blanes, de personajes populares y de las fiestas de Sant Joan, de la que es autor de un trabajo más completo, ya nos deja entrever que aquel muchacho de 14 años, que escribía en nuestra lengua, no pasaría desapercibido.
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