El periodismo gastronómico frente al imperio del “like”

El periodismo gastronómico frente al imperio del “like”

La gastronomía vive uno de sus momentos de mayor popularidad mediática. Nunca se ha hablado tanto de restaurantes, cocineros, productos, tendencias culinarias o experiencias gastronómicas como ahora. Sin embargo, paradójicamente, nunca había sido tan difícil distinguir entre información, promoción y simple entretenimiento. La irrupción masiva de influencers gastronómicos en redes sociales ha cambiado las reglas del juego y ha abierto un debate incómodo, pero necesario: ¿quién informa realmente sobre gastronomía y quién simplemente consume contenido para alimentar un algoritmo?

Quienes llevamos años ejerciendo el periodismo gastronómico hemos visto transformarse el oficio a una velocidad vertiginosa. Durante décadas, la crítica culinaria fue un ejercicio basado en el conocimiento, la experiencia, el criterio y la capacidad narrativa. Un crítico gastronómico no solo describía un plato; contextualizaba una cocina, interpretaba la técnica de un chef, analizaba el producto, el servicio, el concepto y el discurso gastronómico de un restaurante. Había investigación, comparación, rigor y, sobre todo, independencia.

Hoy, buena parte de ese espacio ha sido sustituido por vídeos de quince segundos donde lo importante no es lo que se come, sino cómo chorrea una hamburguesa frente a la cámara o cuánto queso fundido puede estirarse antes de que el usuario pase al siguiente reel. La gastronomía se ha convertido, en demasiadas ocasiones, en un espectáculo visual de consumo rápido.

Del análisis gastronómico al entretenimiento viral

La evolución de las redes sociales ha condicionado profundamente la forma de comunicar. Blogs especializados y artículos extensos han cedido terreno frente a Instagram, TikTok o YouTube Shorts. El algoritmo premia la inmediatez, el impacto visual y el contenido emocional. Y muchos creadores han entendido perfectamente cómo jugar esa partida.

El problema aparece cuando el entretenimiento se presenta como crítica gastronómica.

Hoy proliferan perfiles que recomiendan restaurantes sin aportar contexto alguno: no explican la cocina, no describen las técnicas, no hablan del producto, no analizan el servicio ni el discurso culinario del local. Simplemente comen delante de una cámara y generan impacto visual. El “mira cómo como” ha desplazado, en muchos casos, al periodismo gastronómico tradicional.

No se trata de demonizar las redes sociales ni de negar su utilidad. La comunicación evoluciona y los periodistas también deben adaptarse a nuevos formatos. El vídeo, los reels o los contenidos breves pueden convivir perfectamente con el análisis serio y profesional. El problema surge cuando desaparece el contenido y solo queda el espectáculo.

El “free-die”: cuando la invitación condiciona el relato

Otro fenómeno preocupante es el crecimiento de perfiles cuya existencia depende exclusivamente de las invitaciones gratuitas. Restaurantes que invitan a cambio de publicaciones complacientes. Creadores que solo hablan de lugares donde no pagan. Y recomendaciones que, en demasiadas ocasiones, nacen más de un acuerdo implícito que de una valoración honesta.

El periodismo gastronómico siempre ha convivido con invitaciones, viajes de prensa y presentaciones. Pero existía una diferencia fundamental: la independencia del criterio. Un periodista podía aceptar una invitación y, aun así, escribir una crítica negativa o decidir no publicar nada si la experiencia no merecía la pena.

La lógica de muchos influencers funciona de manera distinta: si hay invitación, hay publicación. Y eso convierte la recomendación gastronómica en publicidad encubierta.

El problema no es solo ético; también afecta al consumidor. El público cree estar recibiendo una recomendación sincera cuando, en realidad, muchas veces está viendo una campaña de marketing disfrazada de experiencia espontánea.

La dictadura del algoritmo

Las redes sociales también han transformado el comportamiento de la audiencia. Y aquí conviene hacer autocrítica colectiva.

Los contenidos más trabajados —aquellos que analizan la cocina de un chef, explican una propuesta gastronómica o profundizan en el producto— suelen generar menos interacción que titulares simplistas del tipo “el restaurante más caro”, “dónde comen los famosos” o “la hamburguesa viral que tienes que probar”.

El algoritmo premia el morbo, la exageración y el consumo rápido. Y muchos creadores adaptan su discurso a esa dinámica porque las métricas mandan.

Pero reducir la gastronomía a una sucesión de rankings virales y vídeos hiperbólicos empobrece la cultura culinaria. La cocina forma parte del patrimonio cultural de un país. Habla de territorio, identidad, tradición, creatividad y conocimiento. Merece algo más que convertirse en un simple producto de entretenimiento efímero.

El valor del periodista gastronómico

Defender la figura del periodista gastronómico no es un ejercicio de nostalgia ni de elitismo. Es reivindicar el valor de una profesión basada en la especialización, el conocimiento y la responsabilidad informativa.

Un crítico gastronómico estudia, compara, contextualiza y argumenta. Conoce la historia de la cocina, las técnicas culinarias, los productos, las tendencias y el sector hostelero. Tiene criterio para distinguir entre una moda pasajera y una propuesta gastronómica sólida.

El influencer puede generar impacto. El periodista aporta profundidad.

Ambos perfiles pueden coexistir, pero no son lo mismo. Del mismo modo que un aficionado al fútbol con muchos seguidores no sustituye a un periodista deportivo, grabarse comiendo delante de una cámara no convierte automáticamente a nadie en crítico gastronómico.

Recuperar la mirada crítica

La gastronomía necesita volver a poner en valor el contenido de calidad. Explicar qué hay detrás de un plato. Contar las historias humanas que existen en cada cocina. Analizar el trabajo silencioso de productores, cocineros y equipos de sala. Ir más allá del “sitio instagrameable”.

Porque cuando desaparece la crítica seria, quien pierde no es el periodista: pierde el lector, pierde el comensal y pierde también la propia gastronomía.

Quizá la pregunta no sea si debemos confiar o no en los influencers. La verdadera cuestión es qué tipo de información queremos consumir y qué modelo de comunicación gastronómica estamos alimentando cada vez que premiamos el ruido por encima del criterio.

  • Publicitat
    Ràdio Far Menorca
  • Publicidad
    El Iris