Foodies on Menorca
Cuando llega el final de octubre y el viento empieza a soplar con ese regusto de invierno, Menorca cambia de ritmo. Las calles se llenan de olores de horno, de calidez doméstica y de recuerdos de otros tiempos. Es Todos los Santos, una de las festividades más arraigadas en nuestro calendario, y aunque hoy convive con la imagen moderna de Halloween, sus raíces se hunden mucho más atrás, en antiguas tradiciones europeas como el Samhain celta.
El Samhain marcaba el final de la cosecha y el inicio de la época oscura del año. Era un momento de transición, de cambio de ciclo, cuando —según las creencias— el velo entre el mundo de los vivos y el de los muertos se hacía más fino, y los espíritus podían visitar a sus familiares. Las hogueras y los banquetes eran rituales para honrar a los antepasados y, a la vez, prepararse para el frío y la oscuridad que llegaban. Con el paso de los siglos, el cristianismo adaptó estas celebraciones y les dio una nueva lectura: el día de Todos los Santos y el Día de los Difuntos, el uno y el dos de noviembre, como jornadas para recordar a los muertos con oración y serenidad.
En Ciutadella y en toda la isla, estas fechas siempre han tenido un carácter íntimo y familiar. Aún hoy, muchas familias visitan el cementerio, llevan flores y dedican un rato al recuerdo. Pero también era —y es— tiempo de encuentro en la cocina, de aquellos manjares que solo aparecen una vez al año y que traen consigo un sabor de memoria ancestral.
Quizá, detrás de los disfraces y las calabazas que nos han llegado de fuera con Halloween, aún permanece, escondida pero viva, la misma esencia de aquel viejo Samhain: la necesidad humana de hacer una pausa, mirar atrás, recordar a quienes ya no están y encender, aunque sea simbólicamente, una pequeña luz en la oscuridad que anuncia el invierno.