Foodies on Menorca
Bep Al·lès/Ciutadella - Hoy la langosta está considerada una de las grandes joyas gastronómicas de Menorca, protagonista de las cartas más selectas y objeto de deseo para los amantes de la cocina marinera. Pero no siempre fue así. En los años cincuenta, mucho antes de convertirse en un producto de prestigio, también formaba parte de la vida cotidiana de los pescadores y de la gente de mar.
Así lo recordaba Ramón Cavaller, primer director del semanario El Iris, quien evocaba aquellos desayunos improvisados en el muelle de Ciutadella. Cuando Manolo Pérez, pescador de profesión, acudía a los viveros para alimentar las langostas, algunas piezas resultaban dañadas por la temperatura del agua, la rotura de una guía o la pérdida de alguna pata. Aquellas langostas, difíciles de comercializar, acababan en manos de amigos y conocidos por quince pesetas o, en ocasiones, de forma gratuita, siempre que el comprador se sentara a compartir mesa.
La preparación era tan sencilla como memorable. Con unos cuantos sarmientos y algunos troncos encendían un fuego sobre el propio muelle. La leña debía ser de encina o acebuche, nunca de pino, para evitar que el humo alterara el delicado sabor del marisco. Sobre las brasas asaban las langostas recién sacadas del agua, sin más artificio que el fuego y el tiempo justo de cocción.
Mientras las langostas se cocinaban, en una fuente preparaban una ensalada humilde pero llena de sabor: lechuga recién limpia, un buen puñado de aceitunas, abundante cebolla y un aliño generoso de aceite de oliva espeso y ligeramente picante. Una vez asada, la langosta se extraía de su caparazón, se cortaba en rodajas y se mezclaba con la ensalada. Una pizca de sal bastaba para completar el plato.
Aquellos desayunos no eran únicamente una forma de alimentarse. Eran una celebración espontánea de la vida marinera, un momento de compañerismo entre pescadores, trabajadores del puerto y amigos. Sin protocolos ni lujos, la langosta se convertía en la excusa perfecta para compartir conversaciones, experiencias y risas frente al mar.
Según Ramón Cavaller, aquella era la mejor manera de comer langosta. Tal vez porque, más allá de la calidad del producto, lo que realmente daba sabor al plato era el ambiente irrepetible de una época en la que la gastronomía nacía de la sencillez, de la amistad y de una relación directa y cotidiana con el mar.
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