Foodies on Menorca
Bep Al·lès/Ciutadella – Hay aperturas que nacen con prisa, y otras que nacen con alma. Tiberi Restobar, en la calle d’Alaior, 22, es de estas segundas: hace poco más de medio año, en el mes de junio, levantó la persiana y, entre el estrés del primer día, las fiestas de Sant Joan y el calor, ya ha conseguido lo más difícil: que la gente hable bien de él y quiera volver.
Detrás del proyecto están David y Carolina, una pareja apasionada por la hostelería que se ha regalado (y nos ha regalado) un lugar propio. La idea de “restobar” les encaja como un guante: la informalidad de un bar, sí, pero con el oficio y el cuidado de un restaurante, pensado tanto para un bocado rápido como para sentarse a cenar con calma.
La carta es, sobre todo, una declaración de intenciones. Cocina menorquina, recetas de la abuela de David, Angelines Capó, clásicos que apelan a la memoria y, como hilo conductor, un toque muy personal: la cocina argentina de Carolina, con corazón mendocino y ganas de compartir historias a través de la comida. Ellos lo dicen claro: en un mundo que gira demasiado deprisa, apuestan por las sensaciones de toda la vida, por ese sabor que perdura y te hace sentir “en casa”.
Esto se nota también en el relato que acompaña algunas elaboraciones. Las empanadas, por ejemplo, no son solo un plato: vienen de aquellos encuentros familiares donde se hacían docenas y docenas, con la cocina llena, manos enharinadas y el olor ocupándolo todo; una escena doméstica que hoy se traslada a Ciutadella con el mismo cariño y respeto por la memoria.
En nuestra primera visita, quisimos entrar de lleno en esta cocina honesta. Y acertamos.
Los buñuelos de garbanzo acompañados de una mayonesa de lima y cilantro son el tipo de receta que reconcilia con el “picoteo”: crujientes, con cuerpo, y perfectos para compartir mientras llegan los principales.
La raya con manteca y alcaparras es un plato que habla bajito pero deja huella: pescado bien tratado, una salsa que acompaña sin tapar y ese punto salino y aromático que despierta el apetito.
El bacalao Can Lluís merece una mención especial: no solo porque recupera el espíritu de lo que se cocinaba cuando el local era Can Lluís, sino porque llega con una ejecución que demuestra oficio y respeto por el producto. Bacalao con puerros coronado con un alioli de miel y un lecho de manzanas que seduce a los foodies más exigentes.
Para cerrar, una panna cotta de chocolate (para compartir) que hace lo que deben hacer los buenos postres: dejarte un recuerdo dulce y limpio, sin exceso, como una promesa de regreso.
Tiberi abre de miércoles a domingo y, si lo que buscáis es una experiencia cercana, sabrosa y con trato familiar, aquí encontraréis una de esas direcciones (Calle d’Alaior, 22) que no tardan en convertirse en costumbre.
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