Foodies on Menorca
Bep Al·lès / Ciutadella - Pocas frutas despiertan una fascinación tan profunda como la granada. Con su piel dura y rojiza que esconde un universo de semillas brillantes, casi como joyas incrustadas en una corona vegetal, la granada ha sido objeto de mitos, rituales y recetas a lo largo de los siglos. Es a la vez fruta y símbolo, alimento y oráculo.
En la cocina mediterránea, la granada es un tesoro de nuestra primavera de verano. Sus granos, de un rojo rubí intenso, aportan frescor y un punto de acidez que despierta platos de carne, ensaladas de hierbas o incluso guisos antiguos que buscaban el equilibrio entre lo dulce y lo agrio. En Oriente Medio, la melaza de granada concentra esta dualidad: espesa, dulce y amarga, condimenta los kebabs y los estofados con una profundidad casi alquímica. En Occidente, los granos se comen crudos, como si fueran rubíes comestibles, esparcidos sobre yogures o postres, recordándonos que la naturaleza nos ofrece pequeñas gemas para ser degustadas.
En las Islas Baleares encontramos una preparación única y evocadora: la salsa de granadas agrias, que acompaña tradicionalmente a las aves de corral. Elaborada con granadas ácidas, azúcar y a veces un toque de vino, esta salsa equilibra la aspereza agria con la suavidad de lo dulce, logrando un resultado profundamente mediterráneo. Es una cocina que habla de contrastes, del arte de conjugar los polos opuestos en un solo plato: vida y muerte, aspereza y suavidad, fuego y agua. Servida con pavo, capón, pintada o con otras carnes festivas como el cochinillo al horno, se convierte casi en una liturgia gastronómica de otoño e invierno, donde la fruta, más allá de nutrir, dialoga con el espíritu.
Pero detrás de la experiencia gustativa hay un paisaje simbólico que atraviesa culturas. En la antigua Grecia, la granada estaba ligada a Perséfone y al mito de su descenso al inframundo. Comer sus granos significaba establecer un vínculo con la muerte y la resurrección, con el ciclo de la naturaleza que muere en invierno y renace en primavera. Por eso la granada es a la vez símbolo de fertilidad y de misterio, de vida que late bajo la superficie de la nada.
En la tradición judía, la granada aparece como emblema de abundancia. Según la leyenda, contiene 613 semillas, el mismo número que los preceptos de la Torá. Aunque la ciencia haya desmentido esta exactitud numérica, la fuerza simbólica permanece intacta, y la granada es plenitud: el fruto que recuerda al ser humano su conexión con el orden divino y con la comunidad. En el mundo cristiano, también aparece como representación de la unidad en la multiplicidad; muchos granos dentro de una misma cáscara, como las almas dentro de la Iglesia.
En nuestra isla existía la creencia de que por cada grano de granada que se comía el día de Todos los Santos, se salvaba un alma del purgatorio.
Desde el punto de vista esotérico, la granada es un símbolo de portal. Abrirla equivale a abrir una puerta a mundos internos. El rojo intenso de las semillas evoca la sangre, la pasión y la energía vital, mientras que su disposición geométrica recuerda mandalas naturales, patrones secretos que conectan con el orden cósmico. No es casualidad que a menudo se asocie con la energía femenina y con los misterios de la creación. Sus semillas, fecundas e innumerables, evocan la potencia de la vida latente, esperando ser sembrada.
También en la tradición masónica la granada tiene un papel relevante. En los rituales de la masonería, aparece como símbolo de unidad y fraternidad universal. Igual que los centenares de granos que conviven bajo una misma piel, los hermanos masones, a pesar de sus diferencias individuales, están unidos por un vínculo común e indestructible. Al mismo tiempo, la granada simboliza la abundancia de conocimiento y la fertilidad del espíritu. Cada semilla es un principio, una idea que puede germinar y dar fruto. Las columnas de los templos masónicos a menudo se ornamentaban con granadas, recordando a los iniciados que el camino del conocimiento es plural, que nadie avanza solo y que la verdadera riqueza se encuentra en la diversidad cohesionada.
En muchas prácticas mágicas, la granada se utiliza como amuleto para atraer prosperidad o amor. Algunas tradiciones recomiendan colocar sus semillas secas dentro de un saquito para llevarlo encima como talismán. Otras, más rituales, sugieren comer siete granos en la noche de fin de año para asegurar un ciclo de fertilidad y fortuna. El gesto de desgranarla —romper la piel y liberar los rubíes internos— es visto como un acto iniciático, del exterior duro a la revelación interior.
Así pues, la granada nos habla con dos voces. Una es la voz gastronómica, que nos invita a disfrutar de su sabor vivo y refrescante, de su presencia en las mesas de invierno y de sus infinitos usos en la cocina, desde la melaza oriental hasta nuestra salsa de granadas agrias. La otra es la voz simbólica, que nos recuerda que cada semilla es más que alimento: es un signo, una promesa, un recordatorio de que la vida se multiplica, de que el misterio no se agota y de que dentro de una simple fruta puede esconderse todo un cosmos.