Foodies on Menorca
Bep Al·lès / Ciutadella - Cuando las primeras hojas se tiñen de rojo y amarillo y los días se acortan, llega una de las frutas más singulares y evocadoras del otoño: el caqui. Muchas veces, quizás demasiadas, olvidado ante otros protagonistas de temporada como las manzanas, las granadas o los primeros cítricos. El caqui es, sin embargo, una de las frutas más nobles y con más carácter que encontramos en nuestras mesas.
En Menorca, y en el resto de nuestras islas, podemos distinguir dos grandes tipos de caquis. Por un lado, las variedades modernas conocidas como “caqui Persimmon”, “Sharoni” o “Fuyu”, de piel lisa y carne firme, que se pueden comer como una manzana cuando todavía están duros. Estas variedades, introducidas con fuerza en el mercado en los últimos años, tienen la ventaja de ser fáciles de transportar y consumir sin necesidad de esperar su maduración completa. Por otro lado, los caquis tradicionales o clásicos —esos que cuelgan de los árboles como pequeñas bombillas anaranjadas y solo pueden disfrutarse cuando la pulpa se ha vuelto completamente tierna y gelatinosa— están perdiendo terreno en los mercados. Su consumo disminuye entre las nuevas generaciones y solo son apreciados por quienes ya tienen cierta edad.
Desde el punto de vista saludable, el caqui es una auténtica botica natural. Es una fuente rica en vitamina A, imprescindible para la salud de la vista y de la piel, y en vitamina C, que refuerza las defensas en época de resfriados. También aporta fibra soluble, que ayuda a regular el tránsito intestinal. Su dulzura natural viene acompañada de un contenido notable en antioxidantes (flavonoides y carotenoides), que contribuyen a reducir el estrés oxidativo de las células. Además, es una fruta con un alto contenido en agua y muy baja en grasas, ideal para dietas equilibradas y para recuperar energía de forma saludable después del ejercicio o de una jornada intensa.
Pero más allá de sus propiedades, el caqui es memoria y patrimonio gastronómico. Y aquí es donde encontramos una pérdida que vale la pena reivindicar. Las nuevas variedades comerciales, más prácticas y menos exigentes para el consumidor, han ido arrinconando a los caquis de siempre, los “de toda la vida”. Aquellos de piel gruesa y astringente, cargados de taninos cuando aún no están maduros, que obligaban a esperar pacientemente a que la naturaleza hiciera su trabajo. Solo entonces, cuando la piel empezaba a hundirse y la pulpa se volvía de un naranja intenso, casi translúcido, se podía abrir la fruta y disfrutarla, con cuidado de no mancharse, pues dicen que las manchas de caqui son de las más difíciles de quitar.
Ese primer bocado de un caqui maduro era pura alquimia: una dulzura melosa, casi empalagosa, una textura que se deshacía en la boca y la presencia de las semillas, recordatorio de su rusticidad y autenticidad. Una fruta que exigía calma, espera y respeto. Precisamente aquello que hoy, en un mundo acelerado y de productos homogéneos, más nos falta.
Muchos huertos familiares menorquines aún conservan algún ejemplar de estos viejos caquis, pero cada vez son más escasos. Recuperarlos, valorarlos y ponerlos en diálogo con la cocina actual es una tarea que corresponde tanto a agricultores como a cocineros y consumidores. El caqui tradicional no es solo una fruta: es patrimonio cultural y sensorial, un símbolo del otoño que nos recuerda la belleza de la paciencia y de las cosas sencillas.
Quizás, este octubre, entre un caqui firme de variedad moderna y otro antiguo que parece a punto de deshacerse entre las manos, la mejor elección sea clara: dejarnos seducir por el sabor intenso y meloso de ese fruto que aún nos habla de la tierra y del paso del tiempo, apostando por nuestras variedades locales.