Foodies on Menorca
Entre las antiguas costumbres arraigadas en el campo menorquín se encontraba la celebración de ses mesurades, es decir, el recuento de la cantidad de trigo que cada finca había recogido durante el año. No era solamente una tarea agrícola. También era un acto comunitario, una fiesta discreta y un reconocimiento al esfuerzo de toda una cosecha.
Al llegar el día señalado, el campesino procuraba tener amontonado en el centro de la era todo el trigo recogido. También avisaba a otros campesinos, jornaleros, familiares, amigos y vecinos para que lo ayudasen en aquella tarea que, más allá del cálculo, tenía mucho de ritual. El propietario de la finca y el campesino que la llevaba invitaban a los asistentes, y el acto se convertía en un encuentro de hermandad, vivido con alegría y respeto.
Cuando llegaba el momento, todos juntos se dirigían al cercado donde estaba la era, aquel círculo pavimentado y rodeado por una barandilla blanca que durante el verano había sido el corazón de la finca. En el centro se levantaba el montón de trigo, codiciado y querido, fruto de meses de trabajo. En lo alto del cúmulo solía destacar una caña larga rematada con un trapo negro, a modo de banderola, para ahuyentar a los pájaros y evitar que convirtieran aquel tesoro en alimento.
Antes de empezar, los asistentes solían hacer su pronóstico sobre el número de barcelles que podía contener el montón. En medio de la expectación comenzaba la medición. Con el pesado celemín, los medidores iban llenando y vaciando el grano una y otra vez, mientras el bolillo giraba y una voz clara anunciaba cada medida: «¡Va la primera!», «¡Van dos!», «¡Van nueve!», hasta llegar al recuento final. Cada cantidad quedaba anotada sobre un tallo seco, en el que se hacían marcas o incisiones con un cuchillo para no perder la cuenta.
Mientras tanto, los invitados, sentados en la dura barandilla de la era, comentaban la jornada y bromeaban entre ellos. Los jóvenes escuchaban; los campesinos de más edad aportaban su experiencia, y el propietario, junto con algún hombre de confianza, seguía atentamente el recuento.
Terminada la tarea, llegaba el momento del obsequio. El propietario y el campesino solían invitar a los presentes a buñuelos o azucarillos, anís, sandía y cocas, que la dueña de la casa presentaba con aquel esmero propio de las casas de campo bien regidas. Era el final amable de un acto que había comenzado como una necesidad y terminaba como una celebración.
A menudo, la luna blanca sorprendía a la comitiva en su regreso hacia las casas, entre conversaciones animadas y cantos inocentes. En aquel silencio del campo, lejos del ruido del mundo, ses mesurades eran mucho más que contar trigo: eran una manera de entender la vida, el trabajo compartido y la antigua paz de las fincas de Menorca.
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