Qué futuro tenemos los que vivimos y trabajamos en Ciutadella?

Qué futuro tenemos los que vivimos y trabajamos en Ciutadella?

Bep Al·lès / Ciutadella

Cuando llega noviembre y la temporada se da por terminada, en Ciutadella volvemos a reconocernos en el silencio. Las urbanizaciones llevan semanas vacías, muchos bares y restaurantes ya han cerrado sus puertas, y las calles del centro recuperan esa calma que tanto echamos de menos durante los meses más intensos.

Pero mientras volvemos a respirar, muchos nos hacemos la misma pregunta: ¿qué futuro tenemos quienes vivimos y trabajamos aquí, cuando todo lo que nos rodea sigue dependiendo del turismo?

Una economía que vive al ritmo de las temporadas

En Ciutadella, y en buena parte de Menorca, seguimos viviendo marcados por el calendario turístico. Cada primavera volvemos a abrir, y cada otoño volvemos a cerrar. Y así, año tras año. Es una rueda que gira sin detenerse, pero cada vez con más desgaste y más incertidumbres.

Trabajadores temporales que encadenan jornadas larguísimas para poder afrontar el invierno, pequeños empresarios que luchan por mantener su negocio o jóvenes que, después de estudiar fuera, no regresan porque no encuentran oportunidades más allá de la temporada.

Es una realidad que todos conocemos, pero que cuesta afrontar. El turismo da vida, sí, pero también condiciona nuestro modelo económico, social y cultural. Nos da trabajo, pero también nos hace dependientes.

Un turismo que cambia, y nosotros con él

Este verano hemos vuelto a comprobar cómo cambia el tipo de visitante. Más joven, más impredecible, más low cost. Menos familias y más grupos de amigos que buscan sol, fiesta y alojamiento barato. Un turismo que compra en el supermercado y come en el apartamento, que visita menos el pueblo y alarga las noches hasta la madrugada.

Esta evolución no es solo económica, también es cultural. El visitante que llega ahora no siempre entiende ni respeta la Menorca tranquila, natural y pausada que queremos preservar.

Y eso debería hacernos reflexionar. Porque si Menorca pierde su carácter, su encanto, su manera de ser, ¿qué nos quedará? ¿Seremos solo otro destino más del Mediterráneo, saturado, ruidoso y sin alma? El casco antiguo de Ciutadella ya es un ejemplo preocupante.

El precio de un modelo que se agota

Las cifras de este verano vuelven a engañar: ha habido más visitantes que nunca, pero el gasto no acompaña. Mientras tanto, los costes se han disparado —energía, transporte, alquileres, personal— y los márgenes empresariales se han reducido.

Muchos bares y restaurantes han resistido con esfuerzo; otros han decidido cerrar antes de tiempo o no volver a abrir hasta que la situación mejore. Y cada vez hay una sensación más extendida de que el modelo, tal como lo conocemos, empieza a agotarse.

También existe un desgaste ambiental y social: carreteras saturadas, playas llenas, falta de vivienda asequible, escasez de agua, servicios públicos tensionados. Todo eso lo pagamos entre todos, pero demasiadas veces quienes menos pueden permitírselo son los que más lo sufren.

Un invierno para reflexionar

Ahora que llega el invierno y el trabajo se detiene, es momento de mirar atrás y hacer balance. Quizá ha llegado la hora de hablar seriamente de diversificación: de apostar por sectores complementarios como la agricultura, la cultura, la tecnología, la artesanía, la formación o las energías renovables.

No se trata de dejar de lado el turismo —sería ingenuo—, sino de hacerlo más sostenible y equilibrado. Apostar por un modelo que valore lo que somos, no que nos obligue a cambiar para adaptarnos a él.

Porque Menorca no puede competir por precio, sino por calidad. No podemos seguir bajando el listón para atraer a más gente si eso significa perder nuestra identidad.

El futuro, en nuestras manos

En Ciutadella hay talento, experiencia y gente con ganas de hacer las cosas bien. Hay restauradores que apuestan por el producto local, jóvenes emprendedores que impulsan proyectos sostenibles, campesinos que mantienen vivo el campo, pescadores que resisten pese a las dificultades y artistas que proyectan nuestra cultura más allá de la isla.

Pero todo ese esfuerzo necesita apoyo, visión y una política que piense en el futuro de los residentes, no solo en el de los visitantes. Son los visitantes los que deben adaptarse a nuestra isla, y no la isla a ellos.

Quizá el futuro pasa por reducir cantidad y ganar calidad, por redistribuir mejor la temporada, por formar mejor a los trabajadores, por dar valor al trabajo bien hecho y por proteger aquello que nos hace únicos.

Volver a mirar hacia dentro

A veces parece que vivimos obsesionados con agradar a quienes vienen de fuera. Pero tal vez el futuro de Ciutadella —y de toda Menorca— pasa por volver la mirada hacia dentro: cuidar a nuestra gente, nuestros espacios y nuestra forma de vida.

Si lo hacemos bien, el turista que realmente nos respeta y nos entiende seguirá viniendo, como antes, cuando la isla no estaba tan masificada. Y si no, quizá simplemente no todos deben venir.

El reto es grande, pero también es una oportunidad: la de imaginar un modelo más humano, más equilibrado y más coherente con lo que somos.

Una isla, un ritmo, una manera de vivir

Cuando el sol de noviembre se pone frente al castillo de Sant Nicolau y solo se escucha el sonido de una barca regresando al puerto, es fácil recordar por qué amamos esta tierra.

El futuro de quienes vivimos y trabajamos en Ciutadella no está escrito, pero depende de nosotros: de si sabemos defender nuestra manera de vivir sin renunciar al progreso, de si sabemos decir “basta” cuando hace falta, y de si mantenemos viva esa esencia menorquina que, a pesar de todo, todavía emociona.

Quizá, al final, el futuro no sea tanto una cuestión de economía como de identidad. Y si somos capaces de recordar quiénes somos, siempre encontraremos hacia dónde ir.

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