Las quimeras pesqueras de los Arguimbau

Las quimeras pesqueras de los Arguimbau

Miquel Àngel Limón Pons/Alaior - No hace falta decir que Menorca, por su condición de tierra insular estrechamente abrazada por el mar, ha legado a la posteridad gentes marineras de gran vuelo, si me permiten la sencilla paradoja.

De hombres curtidos y valientes, de pilotos audaces y sapientísimos, podríamos encontrar quizá un buen puñado, aquí y allá. Me fijaré, sin embargo, en una peculiar combinación de marinero valeroso y mirada despierta para los negocios. Les hablo de la saga de los Arguimbau de Ciutadella, cuya fama, en un momento determinado del siglo XIX y durante parte del XX, cruzó los confines del Mediterráneo hasta alcanzar aguas atlánticas por las costas saharianas.

Las quimeras pesqueras de los Arguimbau

Un día, mientras disfrutaba hojeando el viejo periódico «El Eco de Ciudadela» de 1907, encontré una narración fabulosa, con un componente literario muy plausible y bien trabado. Esto era lo que allí se contaba:

«Se produjo en la estación gran revuelo, golpearon secamente las puertas, lanzó la locomotora su grito de libertad y, mientras el convoy movía sus anillos de serpiente de hierro, saltó a su departamento con agilidad juvenil mi amigo Arguimbau. “¡Hasta Madrid!”, me dijo, reflejando en su cara la alegría del luchador que cree próxima la victoria. Arguimbau [se refiere a Francesc] es el tipo clásico del viejo marino balear. Su posición y su carrera le brindaron un vivir tranquilo, no alejándose de la costa, pero su ansia de lucha le llevó a explorar las costas del Sáhara».

Las quimeras pesqueras de los Arguimbau

Asegura el genealogista Antoni Guasch Bosch que Francesc Arguimbau Ferrer, nacido en 1867, era un ciutadellenc casado con Valentina Amengual Sanxo, nacida en 1873, y que, fruto del matrimonio celebrado en Ciutadella el 26 de septiembre de 1894, nacieron cinco hijos: Llorenç, Francesc, Conrad, Hilari y Joan.

Perfectamente pertrechado para los negocios navieros, Francesc Arguimbau «revolvió Roma con Santiago, le fletó a otro mallorquín de cepa, Bernat de Cette, el vapor pesquero “Violeta”, y el Ministerio de Estado le subvencionó con 15.000 pesetas para su viaje de estudio. Arguimbau recorrió la costa de Cabo Blanco, estudió bancos de langosta, realizó pescas de altura, levantó planos y cartas, observó las costumbres de los naturales, escribió una memoria; y [ahora] una importante compañía de colonización pondrá a su servicio tres vapores viveros de 700 a 800 toneladas del tipo del “Isleño”, que podrán transportar desde Cabo Blanco (Sáhara) a Europa 60 mil kilos de pescado vivo en cada expedición; y que realizarán en 35 días de viaje redondo. Para la pesca dispondrán de 16 faluchos costaneros. Se levantarán faros y harán trabajos de balizamiento en la costa; se establecerá una factoría que se entenderá con los moros que se dedican al pastoreo y a las faenas agrícolas y sus tráficos; y creará, como derivación de la pesca, tres industrias: la de conservas para el pescado muerto; la de cola y aceites, y la de guano, que vendrán a robustecer los ingresos del vasto negocio que Francisco Arguimbau calcula en 10.000 pesetas diarias después de cubrir los gastos. ¿Son los del simpático marino sueños de rosa?», se preguntaba, irónico y dubitativo, no sin una causa objetiva, el redactor de la nota periodística. Yo no creo, sin embargo, que aquella fiebre empresarial llegara tan lejos.

«Una compañía de colonización que conoce el paño —consideró todavía el cronista— los acoge a libre plática y arriesga un importante capital, mientras continúan en Mallorca sin movilizar cuantiosos stocks que producen un tanto por ciento irrisorio. “Nadie es profeta en su tierra”, debe ser un viejo proverbio balear», apostilló finalmente el autor bajo la firma periodística de Pedro Recio [«El Eco de Ciudadela», 4-10-1907, 81].

Durante los años de la Guerra Civil española, la fama de los Arguimbau todavía se mantenía viva y bien erguida en la persona de Llorenç, hijo de Francesc. Mientras viajaba por la isla italiana de Cerdeña, Josep Pla tuvo noticia de la fenomenal celebridad de aquel personaje. Al visitar la localidad catalanohablante de Alguer, se encontró con «un considerable espectáculo —escribe la pluma del gerundense—: me encontré con un mito. [...]. Cuando llegué, hacía quince días que había muerto. Había llegado muy joven a Cerdeña, no se sabe cómo ni por qué. Por las fotografías que vi de él, debía de ser un hombre alto, rubio, fuerte, de hombros sólidos, mirada noble y tranquila, aspecto plácido y tenaz. La calma y la socarronería de las Baleares: un hombre de las islas», remachaba el soberbio escritor del Empordà.

A continuación, Pla se adentraba en el retrato moral y comercial —de supervivencia aguzada e inherente a ciertos tipos insulares— de quien modeló una biografía presidida por una enorme fama como il re della aragosta en aquellos mares mediterráneos.

«Durante los primeros años de su estancia en Alguer tuvo copiosas aventuras sentimentales y engendró algunos hijos naturales, sin dramatismo, con un talante doméstico, reposado y discreto. Hizo el gran descubrimiento del país: descubrió que la langosta de la costa occidental de Cerdeña se podía comprar, por la inexistencia de transporte, a precios irrisorios. Examinó el problema... Adquirió un viejo y vencido pailebote, bastante desconchado, perforó el casco de la embarcación y lo convirtió en un vivero móvil. Cuando la vela estuvo izada, llenó el vivero de crustáceos y, cuando le pareció que la carga valía la pena, tensó las velas y, con el pailebote medio sumergido, realizó su primer viaje a Marsella. Vendió la langosta, que llegó perfectamente viva, por mucho dinero, y la operación tuvo un gran éxito».

Las quimeras pesqueras de los Arguimbau

Hoy, en medio de la locura de la langosta como delicatessen turística y, al mismo tiempo, como sueño estival indigno de Shakespeare, la langosta marcha como no había previsto el aventurero Arguimbau, aquel singular espécimen humano al que Pla había bautizado, como ser imposible de suplantar, auténtico y genuino re della aragosta.

Todos los demás son, por ahora, ayudantes de cocina que se limitan a pelar patatas y preparar huevos estrellados para disponerlos sobre el crustáceo rojo; rojo, más bien, por tener las mejillas encendidas ante la vergüenza ajena que sienten al pensar en los clientes.

 

  • Publicitat
    Ràdio Far Menorca
  • Publicidad
    El Iris