Foodies on Menorca
La cultura de la propina cambia. Aquello que durante décadas había sido un gesto casi automático después de un café, una comida o una cena empieza a perder fuerza entre los consumidores españoles. Según los datos de una encuesta de TheFork Lab difundida estos días, un 77% de los consumidores considera que se debería eliminar la costumbre de dejar propina por defecto, una cifra que evidencia hasta qué punto se está redefiniendo la relación entre cliente, servicio y restauración.
La cuestión, sin embargo, no parece ser tanto si se debe dejar propina como cuándo y por qué. En España continúa predominando la idea de que este suplemento debe ser una recompensa voluntaria ante un servicio especialmente atento, un trato excelente o una experiencia gastronómica que supere las expectativas. Es decir, un reconocimiento excepcional, no una obligación incorporada de facto a la cuenta.
Esta percepción marca una diferencia importante respecto a otros países. En Estados Unidos, por ejemplo, porcentajes de entre el 15% y el 20% forman parte habitual del pago en restauración y constituyen, en muchos casos, una parte esencial de la remuneración del personal. El modelo español es diferente: el consumidor considera mayoritariamente que el salario de los trabajadores debe ser asumido por la empresa e integrado en los costes del restaurante, sin trasladar esta responsabilidad al comensal.
También ha cambiado la manera de pagar. La generalización de las tarjetas, los dispositivos móviles y los terminales electrónicos ha reducido la presencia de monedas y billetes sobre la mesa. Aquel gesto tradicional de dejar unas monedas con la cuenta ya no es tan espontáneo. Según los datos de la encuesta, entre los consumidores que todavía dejan propina, un 60% no supera aproximadamente el 5% del importe total.
La inflación y el encarecimiento general de comer fuera de casa también tienen un papel importante. Cuando el ticket medio aumenta, el consumidor controla más el gasto y tiende a reservar la gratificación para ocasiones en las que realmente considera que ha habido un valor añadido.
En destinos gastronómicos y turísticos como Menorca, esta reflexión es especialmente interesante. La calidad del servicio forma parte inseparable de la experiencia culinaria: una buena cocina necesita una sala profesional, atenta y formada. Pero prestigiar este oficio pasa también por unas condiciones laborales y salariales adecuadas.
La propina, por tanto, no desaparece necesariamente. Cambia de significado. Cada vez parece menos un automatismo y más una manera personal de decir que aquel servicio, aquel plato o aquella experiencia han merecido algo más que el precio indicado en la cuenta.
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