Foodies on Menorca
Bep Al·lès/Ciutadella - «La ilusión no se come». «No se come, pero alimenta». El diálogo entre el coronel y su esposa en El coronel no tiene quien le escriba, de Gabriel García Márquez, trasciende la literatura para convertirse en una metáfora universal sobre la esperanza, la perseverancia y la dignidad. También puede servir para explicar, con sorprendente precisión, la realidad del mundo gastronómico actual.
La gastronomía es alimento, pero es mucho más que alimento. Es cultura, identidad, territorio y memoria. Es el gesto cotidiano del productor que siembra sin saber cómo será la cosecha. Es la confianza del pescador que sale al mar antes del amanecer. Es el esfuerzo del restaurador que levanta la persiana cada mañana a pesar de las dificultades. En todos ellos hay una dosis imprescindible de ilusión, una fuerza invisible que no aparece en los balances económicos, pero que sostiene proyectos, familias y comunidades.
Desde los grandes templos de la cocina hasta los pequeños negocios familiares, la ilusión ha sido siempre un ingrediente esencial. Sin ella sería imposible apostar por la excelencia, investigar nuevas técnicas, recuperar variedades agrícolas tradicionales o defender productos de temporada frente a la uniformización de los mercados. La ilusión es la que empuja a hacer las cosas mejor, a asumir riesgos y a seguir avanzando cuando los números no siempre acompañan.
Pero la gastronomía también conoce la cara más dura de la realidad. El aumento de los costes, la incertidumbre climática, la presión sobre los precios o la falta de relevo generacional obligan a muchos profesionales a moverse entre la excelencia y la supervivencia. En este contexto, la frase del coronel adquiere una nueva dimensión. La ilusión, efectivamente, no se come. Nadie vive solo de esperanzas. Pero sin esperanza tampoco hay futuro.
Hacen falta políticas, compromisos y decisiones que hagan viable el sector. Pero también es totalmente necesario preservar esa ilusión que alimenta vocaciones, protege paisajes y mantiene vivo el vínculo entre los fogones y la tierra. Porque detrás de cada plato, de cada producto local y de cada temporada hay personas que siguen creyendo que vale la pena persistir.
Y es esta convicción, silenciosa pero tenaz, la que sigue alimentando la gastronomía.
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