Foodies on Menorca
Bep Al·lès/Ciutadella - Nunca había sido tan fácil recomendar un restaurante. Basta con un móvil, una red social y una opinión. En cuestión de segundos, cualquier plato puede convertirse en contenido y cualquier comensal en prescriptor/crítico gastronómico.
La democratización de la crítica tiene aspectos positivos. Ha abierto ventanas a pequeños negocios, ha dado visibilidad a proyectos desconocidos y ha acercado la gastronomía a un público mucho más amplio. Pero también ha generado una nueva especie dentro del ecosistema culinario: el influencer que habla más de sí mismo que de lo que come.
Cada vez es más habitual encontrar vídeos donde el protagonista no es el restaurante, ni el cocinero, ni el producto. El protagonista es quien graba. La cámara enfoca su rostro, sus reacciones exageradas, sus gestos estudiados y sus sentencias definitivas. El plato se convierte en un simple accesorio del relato personal.
Es realmente triste ver cómo se valora más la capacidad de impactar que la de explicar. Más la frase viral que el contexto. Más el local de moda que el trabajo que hay detrás. El resultado es una gastronomía reducida a un consumo rápido de imágenes y emociones instantáneas.
Mientras tanto, desaparecen del relato cuestiones esenciales: quién produce aquel alimento, qué temporada tiene, qué territorio representa o qué historia cuenta. El conocimiento cede terreno al espectáculo.
No se trata de reclamar títulos ni carnés de autoridad. La gastronomía debe ser abierta y plural. Pero influir conlleva una responsabilidad. Cuando una recomendación puede llenar o vaciar un restaurante, conviene exigir algo más que una buena capacidad para generar clics. Hay que exigir ética, profesionalidad, experiencia en el mundo del periodismo gastronómico, honestidad y sencillez.
Tal vez el problema no sea que haya demasiados influencers gastronómicos. Tal vez el problema sea que algunos han olvidado que la gastronomía no trata de ellos. Trata de lo que hay en el plato. De un relato serio, profesional y creíble.
Y entre el plato y el espejo, cada vez hay más gente que elige el espejo, preguntándose como hacía la reina del cuento de Blancanieves: «Espejito, espejito... ¿quién es el mejor de todos?».
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