Foodies on Menorca
Bep Al·lès / Ciutadella – En Menorca, la isla más septentrional de Baleares, el mar nunca ha sido solo un paisaje. Ha sido, y sigue siendo, parte fundamental de la identidad y la supervivencia de los menorquines. Entre las muchas huellas que este vínculo ha dejado en la costa, las casetes de vorera destacan como uno de los elementos más reconocibles y, al mismo tiempo, más frágiles del patrimonio etnológico insular.
Estas pequeñas construcciones, normalmente encaladas y con una puerta de madera robusta, proliferaron a partir del siglo XIX y durante el XX. Se levantaban junto al mar para guardar embarcaciones de pesca, utensilios marineros y herramientas relacionadas con la vida cotidiana de los pescadores. No eran solo espacios funcionales; también eran puntos de encuentro, pequeñas extensiones del pueblo a la orilla del mar. Cada caseta guardaba historias de jornadas de trabajo, de horas de ocio, de capturas y de comunidad.
Además, las casetas se convirtieron en la cuna de la cocina marinera menorquina. De las barcas que se refugiaban en ellas salían pescados y mariscos que, de manera humilde y directa, se transformaban en platos emblemáticos: calderas, arroces caldosos, panaderes marineres… Recetas nacidas de la necesidad y la creatividad, que hoy forman parte inseparable de la gastronomía de la isla.
Con el paso del tiempo, muchas de estas casetas vieron cómo la pesca artesanal daba paso a la recreativa. Las familias menorquinas siguieron utilizándolas como espacios de ocio, donde pasar veranos enteros entre excursiones, baños y pequeñas cenas al fresco. Eran, en definitiva, el puente entre la tradición pesquera y la cultura moderna del disfrute del litoral.
En Ciutadella, las casetas de vorera se han visto abocadas al abandono y la degradación. Costas, que tiene la competencia sobre el dominio marítimo-terrestre, ha impedido el mantenimiento de muchas de estas edificaciones. La falta de concesiones o autorizaciones para repararlas ha condenado a los propietarios y comunidades locales a ver cómo, poco a poco, las casetas se deterioran.
El valor intangible de las casetas
Más allá de su uso práctico, las casetas tienen un valor intangible que a menudo pasa desapercibido. Son testigos materiales de un modo de vida estrechamente vinculado al mar. En tiempos en que la globalización tiende a uniformar los paisajes y las costumbres, mantener estos espacios es también mantener viva la singularidad menorquina.
Cada caseta cuenta una historia: la de un abuelo que guardaba allí su barca, tèquina o llaüt para salir a pescar; la de una familia que iba a merendar y comía pescado frito recién capturado; o la de un grupo de jóvenes que celebraba allí sus primeras Cincogemes. Perder estas casetas sería perder también la memoria de esas historias, y con ellas una parte de la identidad colectiva de la isla.
Conclusión: un deber de todos
Las casetas de vorera son mucho más que unas paredes de piedra y cal junto al mar. Son el reflejo de una relación entre los menorquines y su litoral, una relación hecha de trabajo, cocina, ocio y comunidad. Hoy, este tesoro etnológico se encuentra en una encrucijada: en Llevant se ha logrado preservarlo, pero en Ponent la degradación avanza hacia su desaparición total.
El futuro de este patrimonio dependerá de la capacidad de la sociedad menorquina y de las instituciones para actuar con visión y determinación. Declararlas Bien de Interés Cultural (BIC), restaurarlas y darles nuevos usos sociales son pasos imprescindibles. Lo que está en juego no es solo la conservación de unas casetas, sino la preservación de una parte fundamental de la memoria viva de Menorca.
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