Foodies on Menorca
Foto: Can Los Son Granot
En la carretera de Sant Felip, a la entrada de Es Castell, Can Los Son Granot mantiene viva una manera de comer Menorca con orgullo y sin artificios. Integrado en la finca y hotel rural de Son Granot, el espacio respira campo y mar, con salas cálidas y una terraza que invita a alargar la sobremesa mientras la luz se apaga sobre el puerto de Maó y Cales Fonts. Es el marco idóneo para una cocina menorquina que no necesita alzar la voz para hacerse notar: habla el producto, susurran las cocciones y tiene voz un recetario que aquí se respeta al pie de la letra.
La carta es una declaración de principios: cocina marinera de kilómetro cero, arroces que huelen a sofrito lento, pescados y carnes a la brasa, postres caseros y helados artesanos de la isla. La bodega, amplia y bien pensada, supera las doscientas referencias entre vinos, cavas y champagnes, y refuerza un relato que pone el territorio en el centro, también en la copa. No es postureo: la mayor parte de los ingredientes provienen de Menorca, y el resultado se nota en la sinceridad de los sabores y en la temporada que marca el compás del menú.
Foto: Can Los Son GranotLa gran protagonista, sin embargo, es la caldereta de langosta —la caldereta que ha hecho leyenda en la isla—, cocinada con la langosta roja menorquina, de carne firme y dulce, que aquí se trata con el respeto que impone la memoria colectiva. Un caldo que evoca el mar y Menorca, servido con el punto exacto de pan tostado y el perfume de un sofrito paciente, es de aquellos que piden silencio en la mesa. Para los más hedonistas, la casa ofrece también la langosta frita con patatas y huevos, un clásico festivo que combina la opulencia del crustáceo con la sencillez doméstica de los huevos estrellados y las patatas fritas bien hechas. Son platos que explican Menorca tal como es: austera y generosa a la vez, marinera y campesina, sin contradicciones.
El compromiso con el recetario menorquín no se detiene en la langosta. En Can Los encontraréis el pescado del día según lonja, pasado por la brasa para que la piel cruja y la carne se mantenga jugosa; arroces que respetan el grano y juegan con marisco y producto de huerta; y entrantes que evocan sabores de raíz, como unos calamares a la plancha con ajo y perejil que recuerdan las cenas de los pescadores de trasmallo. Todo ello habla de un estilo de cocina que huye de las acrobacias para celebrar el buen oficio.
Un capítulo aparte merecen sus carnes de la isla a la brasa, hechas en su punto, con sabiduría, y con los aromas que les da el calor de la leña de acebuche.
El cocinero José Taltavull —alma de la casa desde hace décadas— ha sabido mantener esta línea con una mirada actual y una mano serena. Su propuesta es “franca”, basada en tratar el producto de la isla “con respeto y cariño”: una definición que aquí no es un eslogan, sino praxis diaria. La sala acompaña con un servicio atento y cercano, de aquellos que conocen el ritmo del comedor y saben recomendar la pieza de pescado o de carne que hoy “ha llegado mejor” o el vino que hará de puente discreto entre el corte y la escama.
Hay restaurantes que buscan sorprender y otros que quieren arraigar. Can Los es de estos últimos: cocina que se explica a sí misma, sin maquillaje, y que encuentra en el producto local —y en la tradición que lo ha cocinado durante generaciones— su mejor bandera. Si venís a Menorca para entender por qué una caldereta de langosta puede emocionar, aquí tenéis una respuesta convincente. Y si sois de la teoría de que las mejores mesas son las que honran lo que tienen cerca, también: en Can Los, Menorca se come con todos los sentidos.
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