Foodies on Menorca
Bep Al·lès/Ciutadella - En Menorca, lo que comemos nunca ha sido solo alimento. Ha sido cultura, paisaje, economía e identidad. Por eso preocupa —y mucho— ver cómo en nuestras mesas gana terreno el salmón importado mientras el pescado local, fresco y de temporada, queda arrinconado. No es una cuestión de gustos personales, sino de modelo y de falta de cultura gastronómica propia. Consumir más pescado de Menorca y menos producto globalizado es una decisión consciente que tiene consecuencias directas sobre nuestro futuro como isla.
El recetario tradicional menorquín, forjado con aquello que daban el mar y la tierra, está siendo sustituido por una cocina uniforme que se repite en todo el mundo. No se trata de renegar de la diversidad gastronómica, sino de no perder el hilo que nos une a nuestra historia. El raor, la sepia, el salmonete, el gerret, la raya o la mollera no son solo ingredientes: son memoria colectiva. Apostar por el producto local es apostar por la soberanía alimentaria, por la sostenibilidad real y por una economía que queda en nuestra casa.
Pero esta apuesta necesita también decisiones políticas valientes. Menorca requiere una legislación propia en materia de pesca, adaptada a las características de una pesca artesanal, de pequeña escala, con muy pocas barcas de arrastre y una presión sobre el recurso muy diferente a la de otros mares. La normativa actual de la Unión Europea, pensada desde una lógica atlántica e industrial, no tiene en cuenta la singularidad de nuestro modelo pesquero y, demasiadas veces, lo pone en riesgo.
En el centro de todo ello están las personas. Los pescadores y las pescaderas, oficios esenciales que mantienen vivo el vínculo entre el mar y la sociedad, están en peligro de extinción por falta de relevo generacional. Sin jóvenes que quieran continuar, el conocimiento acumulado durante generaciones se pierde. Hay que dignificar el oficio, facilitar el relevo y las normativas, fomentar la profesión y hacer entender que consumir pescado local también es una manera de defenderlos.
Menorca no puede permitirse perder su pesca, ni su cocina, ni su gente. El futuro de la isla también se decide en el plato. Y aún estamos a tiempo.
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