Foodies on Menorca
Bep Al·lès / Ciutadella – Cuando hablamos del boom turístico de las décadas de 1950, 60 y 70 en Menorca, muchos recuerdan la llegada de los primeros aviones y barcos con los primeros visitantes europeos, las playas que empezaban a llenarse de bañistas con trajes de colores vivos y la efervescencia de una isla que se abría al mundo. Pero detrás de las postales idílicas y de los primeros complejos hoteleros había también un fenómeno humano y social que marcaría a toda una generación: la figura del “picador”.
Un fenómeno mediterráneo
El “picador” era aquel joven que, curioso por la novedad y atraído por la posibilidad de vivir aventuras, se movía por hoteles, bares y salas de fiesta donde se alojaban o entretenían las primeras turistas extranjeras. No se trataba solo de una búsqueda amorosa, sino también del deseo de contacto cultural, de aprender idiomas y de vivir experiencias de libertad que hasta entonces parecían reservadas a las películas o a los viajes soñados, en una isla que aún sufría las represiones de la iglesia y la dictadura.
En Menorca, como en otros puntos del Mediterráneo, estos jóvenes pronto se convirtieron en símbolo de una época. Su presencia formaba parte del paisaje nocturno y festivo de los nuevos espacios turísticos, y en Santandria encontramos algunos de los escenarios más emblemáticos.
Santandria, playa pionera
Santandria, situada a pocos kilómetros de Ciutadella, fue uno de los primeros lugares donde se apostó por el turismo. Sus aguas tranquilas, la proximidad a la ciudad y la belleza de su entorno natural la convirtieron en un sitio ideal para el desarrollo de los primeros establecimientos hoteleros.
Entre ellos destaca el Hotel Ses Set Voltes que, con su estilo sencillo pero moderno para la época, se convirtió en un punto de encuentro clave. Allí llegaban visitantes principalmente alemanes, escandinavos y franceses que buscaban sol, playa y también un ambiente distendido, donde lo cosmopolita se mezclaba con la tranquilidad menorquina. Otro referente fue el Hotel Bahía, construido en 1955, situado sobre la playa y con magníficas vistas a la bahía de Santandria y a la torre de defensa del Castellà de Fons.
Por estos hoteles pasaban muchos de los primeros “picadors”, que descubrían un mundo nuevo: jóvenes extranjeras abiertas, con ganas de diversión y con un espíritu más libre que el que aún imperaba en la España del franquismo.
Bares y restaurantes: la vida social de la cala
El papel de los bares y restaurantes de la zona fue fundamental. Can Carrió, situado casi sobre la arena, era mucho más que un chiringuito. Allí se reunían turistas y menorquines para compartir tapas, risas y largas conversaciones que a menudo se traducían en amistades o historias de verano. Al otro lado de la playa, a cinco minutos a pie, estaba Sa Nacra, con su encanto de cueva y su proximidad al mar, que se convirtió en otro escenario imprescindible. Era fácil ver mesas llenas de visitantes, guitarras improvisadas y jóvenes locales esforzándose por romper la barrera del idioma bajo la atenta mirada de Nicolau Cabrisas, “en Colauet”, que bien merece un artículo aparte.
Otro establecimiento que marcó época fue el restaurante y sala de fiestas Sa Cabaña, regentado por Juan Antonio Moll, que funcionaba como restaurante y, por la noche, como sala de fiestas con espacio de baile, música y espectáculo. Juan Antonio Moll fue de los primeros en introducir en Menorca las cenas con baile para turistas. Ensaladas o calderetas de primero y cochinillo al horno de segundo, sangría y música con Diego Vera y Morales durante la cena, y después en el jardín música moderna con los Samurada o más melódica con Tano. Allí los “picadors” encontraban un terreno perfecto: música moderna, luces tenues y el ambiente desenfadado de un lugar pensado para la diversión. Sa Cabaña se recuerda aún hoy como uno de los primeros espacios de vida nocturna en la zona de Santandria.
El arte de “hacerse amistades”
La tarea del “picador” no era fácil ni improvisada. Con un inglés, francés o alemán rudimentario, muchos habían aprendido cuatro frases básicas que repetían con entusiasmo. El humor, el gesto y el lenguaje corporal suplían la falta de vocabulario. Algunos, con el tiempo, perfeccionaron el idioma con clases particulares en invierno con José Ares e incluso encontraron en aquel contacto inicial una vía profesional: guías turísticos, camareros, recepcionistas o comerciantes que aprovecharon su experiencia para abrirse paso en el mundo laboral.
Pero más allá de las conquistas, el “picador” simbolizaba una apertura cultural. A través de la relación con los visitantes, muchos menorquines conocieron otras maneras de vivir, vestir, pensar y divertirse. Aquellos veranos fueron un laboratorio social donde se mezclaban tradición y modernidad y también de mestizaje, porque no fueron pocos los ciutadellencs que se casaron con extranjeras, aquellas turistas que habían conocido en verano.
Entre el mito y la realidad
Con el tiempo, la figura del “picador” se ha rodeado de cierta leyenda. Para algunos fue un personaje romántico y aventurero; para otros, una caricatura de una época de cambios rápidos y desiguales. Lo cierto es que su existencia nos habla de un momento en que Menorca dejaba de ser una isla aislada para convertirse en destino turístico internacional.
En Santandria, los hoteles Ses Set Voltes y Bahía, los bares Can Carrió y Sa Nacra, o el restaurante y sala de fiestas Sa Cabaña no eran solo negocios, sino verdaderos laboratorios sociales donde locales y forasteros aprendían a convivir. Los “picadors” aportaban su picardía y juventud, pero también la curiosidad y las ganas de entender un mundo nuevo que llegaba en aviones y barcos.
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